Bailar con Javier Bardem en según que plazas es exponerse a las pedradas de los más brutos del pueblo, pero hay que estar muy cegado para no entender lo que vieron en él desde sitios donde no le entendían ni papa. Encerrado en un físico encasillador y un cabezón de delantero centro, de los de furia roja y pelotón, el actor canario ha levantado personajes que no podían andar, acongojó a los americanos con un papel de homosexual y los acojonó, con perdón, con otro de psicópata.
En el currículum luce galones de todos los colores: un Oscar, un Bafta, un Globo de Oro, cuatro Goyas, una Concha de Plata, dos Copas Volpi y casi cualquier juguete que se les ocurra. Lo que diga o piense sobre asuntos ajenos a su oficio tiene la misma importancia que lo que diga o piense Cristiano Ronaldo sobre la fusión nuclear. Y si ha pecado alguna vez de mal político, es una suposición, sería tan grave como que Mourinho fuera peor actor, otra hipótesis.
En apresurado resumen, a Bardem lo descubrió Bigas Luna, creció con Almodóvar y se graduó con Amenábar. Debutó de niño pícaro en televisión y reapareció en la disparatada y divertida «El poderoso influjo de la luna» sin voz ni crédito. Después de algún escarceo televisivo más, explotó definitivamente su carrocería en «Las edades de Lulú», gracias a «papá Luna».
Almodóvar lo puso a prueba en «Tacones lejanos» y pasó por la cama rica de Martínez Lázaro, pero quien le dio el empujón definitivo volvió a ser Bigas Luna, no solo por su sabroso papel en «Jamón, jamón», sino por dejarle saborear aquel bocado con aroma a tortilla de patata. Tuvieron que ser un director de Nueva York y un muñeco de Los Ángeles quienes reunieran de nuevo a Penélope y Javier.
En 1994 se topó con Carmelo Gómez en «El detective y la muerte» cuando el de León era el rey de la jungla. Después de demostrar su versatilidad en «Boca a boca» (y en la peluquería), se midió en «Éxtasis» con la figura intocable de Federico Luppi, cuyo personaje dividía a las personas en dos categorías: «los que quieren dinero y los que no saben lo que quieren». Javier se descolgó de ambas anudado a su talento, que salía a borbotones incluso en los «Días contados» de Imanol Uribe, en cuatro minutos y con los dientes garrapiñados.
Ningún director le quedaba grande. Jugó al baloncesto desde una silla para Almodóvar («Carne trémula») y lidió con los excesos americanos de Álex de la Iglesia («Perdita Durango»). Convertido en la proa de su generación, encadenó títulos («Entre las piernas», «Los lobos de Washington», «Segunda piel») hasta que un papel de poeta homosexual cubano, parece un chiste, le abrió las puertas del capitalismo.
John Malkovich le dio unos «Pasos de baile», Michael Mann le permitió jugar a Tom y Jerry y Milos Forman casi acaba con su reputación en «Los fantasmas de Goya», pero en medio tuvo tiempo de bordar para Amenábar el Santa de «Los lunes al sol». Alejandro convirtió el cine social en comercial, una nimiedad al lado del siguiente milagro: meter a Bardem en el cuerpecito inmóvil de Ramón Sampedro. Le faltaban años, le sobraba fama y no daba el tipo ni cortándole las piernas, pero el actor echó a volar y el genio lo captó con su cámara.
Cuando los Coen tuvieron la lucidez de ponerle la peluca de Anton Chigurh, la bola de nieve era ya imparable. Apenas importa que García Márquez sea intraducible («El amor en los tiempos de cólera»), que utilizara a Woody Allen para poco más que reconquistar a Penélope o que se diera el capricho de comer, rezar y hasta darse algún pico con Julia Roberts. Es escuchar su nombre y Hollywood se pone en pie. Apenas importa que con «Biutiful» haga de comparsa. Allí no importa su familia, la ceja ni Manolo. Como mucho, cotillean con el bombo.
