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David Fincher y 'La Red Social' han conseguido interpretar un universo repleto de matices sin necesidad de efectos especiales, cromas ni programas asesinos: sólo personas.

Kevin Flynn era uno de esos incomprendidos 'hackers' cuando entró por primera vez en 'La Red'. Una máquina tan compleja como el condensador de fluzo ('Regreso al Futuro', 1985) y tan mágica como la reductora de tamaño de Wayne Szalinski ('Cariño, he encogido a los niños', 1989) le proyectó a una realidad paralela y virtual donde 'los programas' actuaban como individuos. Flynn adoptó el nick de 'Clu' para ayudar a 'Tron', la versión 2.0 de un amigo del mundo real, a sobrevivir en la jaula cibernética y a mandar un mensaje privado a los programadores del sistema.

Disney invirtió una suma escandalosa de dólares para hacer realidad una película visionaria que, sin querer, dio algunas claves de lo que veinte años más tarde entenderíamos por Internet. Pero claro, era 1982 y el guión de Steven Lisberger era ciencia ficción; un ejercicio más cercano al Nautilus de Verne que al ensayo de lo que estaba por llegar.

La llegada de Internet al cine no era cuestión de conspiraciones, bombas y estabilidad internacional. Tenía que ser un concepto mucho más humanista. Antropológico. Clásico

El cine ha intentado en numerosas ocasiones abordar Internet con cintas que abogaban por estilos futuristas, informáticos con dones celestiales y conspiraciones paranoicas que terminaban en una hecatombe de acción -de esas que consiguen un "venga ya" unánime de toda la sala-. Y después de años y años de bazofias incontestables, David Fincher nos sorprende con una historia personal, sin efectos especiales ni añadidos en croma: 'La Red Social'.

Fincher dibuja un complicado entramado legal, una generación fascinada por las redes sociales y el origen de una de las empresas -ideas- que mejor definen a nuestra era, para hablar, en realidad, del motor que lleva moviendo al mundo desde el principio de los tiempos. De la única excusa válida, la única inspiración, para mover cielo y tierra: el amor.

Del futuro al presente

Álex de la Iglesia lo dijo en la gala de los Goya: "Internet no es el futuro, es el presente". Quizás esa sea la clave que ha hecho que, por fin, veamos una película que haya merecido la admiración de público y crítica. Hasta la fecha, Internet era un bien intangible del que se beneficiaban las corruptas empresas y entidades americanas. Y si no, que se lo digan a Sandra Bullock ('The Blind Side', 'Crash'), que la pobre se tuvo que ver las caras con los políticos más perversos del planeta para desarticular 'La Red' (Irwin Winkler, 1995), un sistema que controlaba los movimientos de todos los amigos del tío Sam y que pretendió, sin fortuna, criticar a las nuevas tecnologías de la comunicación con un inverosímil intento del Gran Hermano de George Orwell.

Como película de acción, quizás la más mítica sea 'Juegos de Guerra' (John Badham, 1983), en la que un jovencísimo Matthew Broderick ('Lady Halcón') participaba en un programa militar en el que utilizaban videojuegos en línea para pilotar auténticas máquinas de combate. En ambos casos, el protagonista informático adoptaba el papel de 'hacker' para piratear el sistema y convertirse en el héroe de la patria. Es el mismo caso que el de Hugh Jackman ('Lobezno') en 'Operación Swordfish' (Dominic Sena, 2001), virtuosos de la tecla muy alejados de la imagen del 'friki' de sótano que trabaja en un complicado lenguaje de programación.

El intento de 'friki' más aceptable (obviando la genialidad y la ironía de 'The Big Bang Theory' en la televisión) en la gran pantalla lo trajo Peter Howitt ('Dos vidas en un instante') en 2001 con 'Conspiración en la red', en la que Ryan Phillippe ('Banderas de nuestros padres'), emulando al propio Bill Gates, llega a una macroempresa informática por el trabajo realizado en su garaje. Luego, claro, la trama se pervierte por un maquiavélico Tim Robbins ('Cadena Perpetua') y una serie de asesinatos para esconder el que sería el mayor invento desde la rueda: 'Synapse' (al que también pueden referirse como 'Internet').

El primer diálogo de 'La Red Social' funciona como un péndulo que hipnotiza las mentes y arrebata toda la atención. Jesse Eisenberg sólo necesita dos segundos para convencernos a todos de que no podría haber un actor mejor para interpretar a Mark Zuckerberg sobre la faz de la tierra. Su mirada perdida, con los ojos bien abiertos, y el ritmo frenético en su parloteo que va y viene por una línea atemporal, dibujan a un personaje del que es fácil sentirse atraído. Por eso, al final de la película, cuando el creador de Facebook se ve atrapado por su propia creación, esperando que la chica que le inspiró quiera ser su 'amigo', todos en la sala nos sentimos identificados. La llegada de Internet al cine no era cuestión de conspiraciones, bombas y estabilidad internacional. Tenía que ser un concepto mucho más humanista. Antropológico. Clásico.

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