No es casual que hoy por hoy sean dos mujeres, Courtney Hunt ("Frozen River") y Debra Granik, las mejores cronistas audiovisuales de la América profunda y helada, donde los hombres cocinan crack y metanfetaminas mientras ellas custodian ferozmente sus guaridas familiares. A "Winter"s Bone" se la puede catalogar cómo un híbrido entre el "thriller", el "western" y el drama pero es, por encima de todo, una poderosa y profunda radiografía de la familia, que al trasluz puede interpretarse como el desgarrador análisis de una sociedad endogámica.
La omertá sureña, la lealtad, los lazos de sangre... descritos por Daniel Woodrell en la novela que inspira el segundo largometraje de Debra Granik, evocan la Sicilia de Mario Puzzo, aunque ahora enmarcada por un presente en el que los hijos bastardos de América sirven como carne de cañón en Irak. En ese medio hostil emerge la enorme figura de Jennifer Lawrence, una niña mujer que tiene a su cargo dos niños y una madre, para guiarnos por un laberinto de chozas "hillbillies" en las que busca a contrarreloj el cadáver de su padre ausente, representado por una fotografía borrosa en el álbum familiar.
El talento de Granik, que no explota los tópicos asociados al "noir" rural popularizados por Robert Dillon y Elmore Leonard, se expresa en unos encuadres que contienen suficiente información para que el espectador complete la parte restante. Sumen a esa rara habilidad su capacidad para desper tar ternura en dos escenas en las que la protagonista enseña a sus hermanos menores a disparar un rifle y despellejar un cadáver, y obtendrán una obra imperfecta y reiterativa, sí, pero también una narración densa en la que la poesía surge al contemplar los juegos con los que unos niños distraen la miseria en profundidad de campo. "Winter"s Bone" descon cierta porque amaga con adscribirse a varios géneros, pero en ese proceso obliga a descender a los infiernos de la nación más orgullosa del mundo sin dar un paso atrás.
